Vas tarde
Stendhal esperó a los 43 para escribir su primera novela. Tú llevas los mismos años diciendo que ya es tarde
Yo no tuve claro que quería dedicarme a la literatura hasta hace relativamente poco. Primero porque todavía no había leído a ese jodido ruso que saco a colación en todos mis artículos. Y segundo, porque me ha costado desprenderme de una decisión que tomé con diecisiete años.
El otro día conocí a Sergio. Un tío bastante intenso y con una paja mental creada alucinante. Tan intenso que incluso a mí —el más intenso de mi grupo— se me hace bastante bola. La movida es que Sergio tiene la edad de Cristo. Joder, es joven, ¿no?
Sergio y yo coincidimos en una cata de vino. Bueno, en principio era un club de lectura que, además, incluía una cata porque en los dos libros propuestos el vino es el hilo conductor. Pero claro, libro y cata de vinos se acaban convirtiendo en un grupo de personas que tienes que probar treinta y dos veces el mismo vino porque no te acaba de quedar claro si tiene sabor a madera o a pólipos de la Polinesia.
Esto empezaba a las ocho y para las nueve la gente iba bastante Piolín. Fue entonces cuando Sergio me agarró del brazo y me empezó a contar su peli.
Sergio ha trabajado quince años en hostelería hasta que se le inflaron las pelotas y empezó a cursar el grado de ADE y se buscó un curro en un cine. Sin embargo, su discurso era tan contradictorio como si me dijeras que eres muy cinéfilo y no has pasado de ver Saw y Jackass.
Su discurso, o mejor dicho, su paja mental, consistía en decirme que aprovechara que soy joven, que tengo el mundo a mi disposición. No como él, que ya con treinta y tres años está condenado.
Ese mismo gapo que me escupía yo se lo devolvía intacto, directo a su boca. ¿Y qué le dirías, Sergio, a alguien que te cuenta esto mismo que me estás diciendo, pero que tiene 40 años?
Se quedó pensando, pero siguió insistiéndome en que yo estaba en la flor de la vida y él condenado.
Me hizo mucha gracia. Porque me visualizaba a mí mismo diciéndole exactamente lo mismo a mi hermano pequeño.
Sergio se estaba reinventando. La hostelería ya no era para él y quería algo más. Tampoco es cuestión de querer algo más o ganar más dinero. Yo, por ejemplo, podría haber agachado la cabeza y haber seguido trabajando en una aseguradora y haber amortizado la carrera que había estudiado. Porque la vida está jodida, ya estaba ganando mucha pasta, y porque la literatura, o el arte en general, ya sabemos que te da para una o dos de pipas.
Lo que te quiero contar con esto —y en la literatura tenemos muchos ejemplos— es que nunca es demasiado tarde y que, incluso, el que entres tarde a la escritura es un plus.
Te falta calle.
Y esto lo noto con muchas novelas con las que trabajo.
Puedes estar escribiendo tu primera novela y, por supuesto, se te hace bola porque tu bagaje escritor son los MD de Instagram y encima no escribes, sino que te dedicas a enviar fueguitos como reacción a una story.
Pero lo que sí se nota es que no has vivido lo suficiente.
Tu historia es potente. Puede llamar más o menos la atención, puede ser más o menos vendible, pero alguien quiere leer esa historia. Entre siete mil millones de personas hay alguien. Pero tu historia es plana. Tus personajes son planos. Y es porque no has vivido lo suficiente. Has vivido en una dirección, no te has expuesto, y todos los personajes que se alejan de tu personalidad no son creíbles.
¿Era demasiado mayor? Y luego estás tú. Con veinte años, alucinando con que Inma Rubiales empezara a escribir con once —y haces bien en alucinar, tiene un mérito que ni te imaginas—, pero usando su suerte precoz de excusa para seguir sin abrir el documento que llevas dos años sin tocar.
Que sí, que hay muchos autores muy jóvenes que te enchufan un novelón así, de primeras. Pero de lo que quiero hablarte hoy es de que no es tarde para que empieces a escribir, y que igual es más interesante que dejes de apuntarte a talleres de escritura creativa y te vayas a una rave en Marruecos durante una semana. Eso sí te va a dar material. La forma ya la veremos más adelante.
Stendhal
Este pavo es mi padre. Me dieron la chapa, entiendo que como a todos, en el instituto: que si Rojo y negro, que si La cartuja de Parma, y como todas las lecturas de las que se hablaba en el instituto me la resbalaban como un gorrino untado en aceite.
Este tío pasó casi desapercibido en vida. De hecho, él nació en 1783 y sostenía, cuando publicó Rojo y negro por 1830, que lo que había escrito solo se comprendería hacia finales de siglo. Podría parecer la excusa barata del que ha vendido dos libros, pero el cabrón lo clavó.
Pero bueno, a lo que iba. Stendhal no escribiría su primera novela hasta que tuvo cuarenta y tres años. Y cuatro años después fue cuando se sacó la minga con Rojo y negro. ¿Era demasiado mayor?
Además, con cuarenta y siete palos publica la primera novela construida enteramente desde la psicología del protagonista. Esto no es que fuera fruto de la crisis de los cuarenta —o sí—, pero es que vivió mucho antes de ponerse a narrar la vida de Julien Sorel, personaje al que, sospechosamente, se le tacha de bastante autobiográfico.
¿Podría Stendhal haber escrito un Rojo y negro si no hubiese vivido la muerte de su madre cuando tenía siete años, un padre tan ausente como tu estado del MSN, un alistamiento al ejército napoleónico, campañas militares por Rusia, una expulsión de Italia por sospechas de colaborar con los independentistas italianos y posteriores cargos diplomáticos?
Y no fue hasta que cayó Napoleón cuando empezó a escribir sus primeras mierdas. Mierdas porque, comparado con Rojo y negro, que me digas que entonces empezó a escribir críticas de arte, libros de viajes y tratados sobre el amor no le llega a la suela. Pero incluso para escribir esto —sobre todo los tratados sobre el amor— se inspiró en todos aquellos viajes que, como parte del ejército, tuvo que hacer, y en sus grandes fracasos amorosos.
Raymond Chandler tampoco venía de un taller de escritura, sino de diez años de oficina, un despido y desastres personales, y todo esto impregna su narrativa. Este tío era un ejecutivo de una petrolera. No se habría planteado escribir si no hubiera sido por la Gran Depresión. Le despidieron y, en lugar de dejar el currículum en otras petroleras, se dejó llevar por los ojitos del alcohol y de su sexy secretaria. Y también se puso a escribir relatos de detectives, pero no por amor al arte, sino por necesidad, que el alcohol no crecía de los arbustos.
Y fue en el 39, cuando con cincuenta y un años, cuando publicó su primera novela. ¿Podría haberlo hecho sin pasar por el alcoholismo, affaires, ruina económica y trabajos de oficina estáticos y sin sentido?
Me despedí de Sergio haciendo eses porque yo fui de los que necesitó un par de botellas para poder determinar si el vino era bueno o no. Mientras esquivaba las farolas, pensaba en su currículum, en el de Stendhal y en el de Chandler.
Sergio tiene treinta y tres años de barra, de propinas, de borrachos contándole su vida a las tres de la mañana. Eso no es una condena. Es la novela que todavía no ha escrito.

Amigo! Me encanta tu forma de contar la historia, tan de barrio que se me hace incluso una anécdota larga en la que se puede empatizar con mucha facilidad, nunca es tarde pero siempre es mejor empezar cuando uno lo siente, sin dejar pasar el tren o al menos no perder todas las estaciones. Un abrazo!
A mí hay algo que no me cuadra de Sergio. Es siempre al revés! Uno estudia cine y trabaja en hostelería. Así como unos diez o o quince años. Sobre los cuarenta, más o menos, estudia ADE o cualquier carrera que suene a eso o derecho. Que es cuando ni una cosa ni la otra. Sergio miente :)